Wednesday, May 24, 2017

El rostro de Dios

Creo en Dios, sobre todas las cosas, y también en el hombre, su mejor creación. Del primero, suscribo todo sin poner nada en dudas. Del Segundo, dudo casi todo. Dudando de los hombres (y de mí) llegué a conocer a los buenos, a los menos buenos y a los execrables. Me ayudaron mis padres, durante la infancia. Luego, los avatares de la vida. Es decir, las escuelas, los maestros, la Universidad, los amigos y enemigos, los libros, algunos amores de entonces, personas que pasaron (de repente) minutos conmigo y otras que han permanecido siempre a mi lado. Ahora, después de una largo aprendizaje, que nunca termina, puedo identificar a los malos disfrazado de buenos y viceversa. Ser psicólogo me sirve de mucho y, confieso, a veces de nada. En ambos postura, me surgen las dudas. Después, vienen las preguntas. Me invito a pensar para poder responder.
Hoy, vi en las noticias, con sobrada ecuanimidad, la cara del Papa Francisco, al lado de Donald Trump. Estaba tieso. Estirado e incómodo. Su mirada, era un puntillazo sobre las alfombras. Se le vio circunspecto, distraído, en trance de una aparente soledad y alejado de aquella escena no deseada. Parecía dominado por un estado de obnubilación perpetua y una desagradable pesadilla. Se le vio cansado, arrepentido, por ese momento, de su posición terrenal. Sin poder alguno para evitar estar al lado de alguien que, evidentemente, no le atrae. A pesar de todo eso, Francisco era el hombre bueno. Trump, esforzado en las formas, sonreía. Su sonrisa, aprendida en los protocolos de la diplomacia, impresionaba una mueca opaca, surrealista, displicente y tímida. Además, estaba incomodo, frugal, concentrado en las líneas del guion, accesible a la buena impresión y, por primera vez, mostraba cierto grado de humildad. Tal vez, se sentía temeroso. Juzgado, como nunca antes, por el poder de los Dioses, colgados, desde siglos, en los pasillos del sagrado recinto. A la vista de todos, muchos lo percibieron como el hombre malo.
Entre lo malo y lo bueno existe una absoluta relatividad. Obvio, como en todas las cosas. Depende, de donde se mire y hacia quien va dirigida la mirada. Francisco, cuya divinidad terrenal nadie la cuestiona, ha sido muy claro en su repudio al presidente Trump. Esa moda suya, de estar más cerca del zurdo que del otro lado, delata su carácter y sus preferencias. Parcialidad impropia a la vista del Señor, quien nos acoge a todos como hijo suyos sin importarle siquiera nuestros pecados (eso aprendí en el Camino Neocatecumenal, en la Iglesia San Gerónimo, en Victoria de Las Tunas)
Los records de Trump (negativos o positivos) están por venir. Sin embargo, junto a Fidel Castro, responsable de los mayores crímenes de América Latina, el Papa Francisco, emerge relajado, cercano, amistoso, agradecido, confiado, catártico y hasta divertido. En Cuba, seguía siendo el hombre bueno que, indudablemente, todos creen.
El rostro de Dios no es un duplo casual de las cosas, ni es un simple entendimiento para una ocasión y menos un credo de márgenes estrechas. El rostro de Dios es claro. Único. Imparcial y solidario. En fin, divino, misterioso y verdaderamente bueno. Y es eso en lo que creo.

Tuesday, May 23, 2017

Mi venganza será

Un señor de mi pueblo, cuyo nombre no vale la pena mencionar, me escribió en privado insultándome. Dijo en su mensaje, dentro de tantas cosas, que yo era un traidor, desagradecido y que tengo ciertos deseos de venganza. A sus improperios le respondí, después de argumentar como su fanatismo era una lamentable enfermedad: oraré por tu alma. Inmediatamente pensé, porque me dejó pensando, que había una verdad en su última ofensa. Realmente, tengo deseos de venganzas.
Me vengaré de los Castros, trabajando sin descanso, con todos los cubanos de buena fe, para construir un país distinto, mejor y libre. Un país que revise las cenizas del castrismo cada días y descubra las ascuas encendidas que puedan quedar de tan perverso sistema y apagarlas para siempre. Que institucionalice el derecho a la libertad, como el don supremo e inviolable de cada compatriota, y que devuelva la plena dignidad a todos los cubanos.
Me vengaré, con acertado placer, viendo como las efigies de la intolerancia serán borradas de las plazas ceñidas por el dogma del odio. Cuando los culpables comparezcan ante la justicias para ser severamente condenados por sus crímenes y sus castigos no impliquen la muerte como hicieron los rebeldes de Castro. Mi venganza será, para disfrute total, cuando los niños no juren ser como el Che Guevara, cuando las mujeres no encuentren en la prostitución un mejor destino a sus vidas y cuando los jóvenes decidan a permanecer en Cuba para desarrollarla y darle el lugar que siempre mereció.
Mi venganza será, cuando vea leer, en cualquier lugar de mi país, los libros de Guillermo Cabrera Infantes, Zoé Valdés Valdez, Reinaldo Arenas, Gastón Baquero, Milán Kundera, Alexander Solzhenitsyn o Jorge Luis Borges, sin esconderse de nadie. Cuando escribir libremente no implique un castigo, cuando una reunión no sea interpretada como una conspiración y cuando los periódicos reflejen la realidad tal cual es.
Mi venganza pasa por ayudar a desinfectar del dogma marxista aquellos incondicionales al castrismo que tratarán de revertir el curso de la futura democracia desde la demagogia, la intriga, el odio, el chivatazo y el bloqueo a las ideas nuevas. Me vengaré de Idalmis Gómez, quien una tarde de Agosto ofreció su casa a la seguridad del estado para convertirla en un puesto de mando, desde donde se dirigió el desalojo de mi familia y ayudó a incautar mis libros para luego ser arbitrariamente detenido, invitándola a que se convierta en una demócrata. Me vengaré de Aldo Cortez (médico vecino que me golpeó un día 27 de septiembre del 1998 defendiendo a su revolución) mirándole a sus ojos revolucionarios para ayudar a curarle su odio cerval.
Me vengaré del policía, de los segurosos, de los chivatos del barrio, de los maestros que invitaban a los alumnos a no relacionarse con mis hijos, del chofer que me bajó de su carro cuando opinaba contra el sistema, del obrero del central Amancio, cuando intentó sacarme de un centro comercial, del psiquiatra Gervasio (agente del SE) y de Joaquín Valenzuela, por su humillante mitin de repudio en el hospital, ofreciéndoles el perdón que no merecen.
Mi venganza será, el día que los libros de historia describan a la dictadura actual como una referencia nefasta del pasado.

Wednesday, May 17, 2017

El olvido

En Cuba, cuando nos tocó vivir al lado de un criminal, y cuando éste pasaba a nuestro lado e intentamos acortar nuestros pasos para no ignorarlo, creíamos que eran mentiras sus crímenes. Después, con el pasar de los días, la coincidencia con el tipo en el mercado, en una cola cualquiera y hasta en un trabajo voluntario, lo hicimos tan parecido a nosotros que su historia delincuencial quedaba enterrada en el olvido. El otro, el que fue a todas las guerras de África, cuando regresó tuvo siete días de gloria. La cuadra se movilizaba para saludarle como el héroe que había sido y el recién llegado contaba historia de combates, emboscadas, peleas con leones a cada vecino. Como eran tantas, olvidaba algunos sucesos y luego lo achacaba al efecto devastador que la guerra deja en los supervivientes. La gente, acostumbrada a entenderlo todo, olvidó esas historias y el protagonista, cuando ya los angolanos, etíopes o sudafricanos, no necesitaban sacrificios antillanos, se acostumbró a vivir su presente para olvidar su pasado.

Una maestra, que había dedicado 20 años a educar infantes, encuentra en la apertura de la divisa un camino abierto. Tenía su belleza intacta a los cuarenta. Suficiente para seducir a un viajero italiano sediento de amor puro y sin infecciones. Se fue a Italia. Allí, cuando le preguntaban sobre su vida olvidó que enseñaba a los niños canciones del Che. En unas vacaciones suyas a la isla, cuando las apariencias y los cosméticos europeos la hicieron más joven, unos alumnos, ya adolescentes, le llamaron maestra y ella, sin inmutarse, prefirió decirles: no recuerdo que fueran mis alumnos.
El presidente del cdr, el mismo que cumplía la orden de vigilar a los disidentes, se convirtió en el más afectuoso de todos los vecinos en el barrio. Fue de repente, tomando a todos por sorpresa, cuando perdió su puesto en una bodega. Ahora, mira al otro lado para no percatarse del delito, compra carne de res en el mercado negro y no paga la cuota mensual que antes exigía. Todos olvidaron los males que hizo a la comunidad. Sin embargo, el bodeguero tiene su olvido y fue diferente, pero intencional. Pudo, hasta lograrlo, enterrar toda su vida anterior y en la última autobiografía que escribió no menciona su pasado de chivato en el comité.


De los olvidos, el peor es el colectivo. El que pasa por millones de personas que miran confusos a la obscuridad como si se tratara de una noche demasiado larga. El del doctor Eduardo Cardet, líder del Movimiento Cristiano Liberación, está en prisión injusta, es lamentable que lo hayamos olvidado. Dirán algunos, al leer esta notas, estamos ocupados en otros asunto de suma importancia. Y es ahí el error. Recordar a un hombre en la cárcel tiene más prioridad que contar mil historias a personas que no escuchan. Creo, que la memoria del pueblo cubano es un retal tan frágil que se enturbia por sus circunstancias.