Sunday, August 3, 2014

Revolución cubana: segunda parte

El primero de enero de 1959, Fidel Castro y sus tropas de verde olivo alcanzaron el poder sin imaginar siquiera que llegarían tan lejos. Esa fue la primera parte de una revolución que se radicalizaba ante las narices de Estados Unidos sin encontrar presión alguna por las diferentes administraciones norteamericanos. John F. Kennedy, el presidente demócrata asesinado en Dallas, prometió apoyar el esfuerzo patriótico de cientos de cubanos que desembarcaron en las costas cubanas en abril de 1961. Sin embargo, en el momento preciso, daba la espalda a aquel primer bastión armado, cuya misión era restituir las libertades básicas en Cuba.

Después, Fidel Castro, acertaba su mirada al este para encontrar en la Unión Soviética un aliado incondicional que solo pedía, a cambio de su amistad, convertir a Cuba en un satélite de Moscú. Y la isla se transformó en un enorme campo experimental a disposición del Kremlin. Fueron años de efervescencia revolucionaria y medio mundo creía que el socialismo, inevitablemente, tocaría la puerta de cada país. Entonces, el gobernante antillano, sacaba ventaja en todas partes porque su revolución parecía exportarse a todos los rincones del planeta.

Fue la época de los movimientos de liberación nacional en África, Asia y América Latina. De la descolonización de los países  bajo control de las grandes potencias, de la conferencia Tricontinental, del movimiento de amistad con los pueblos, del internacionalismo proletario y del patria o muerte. De un Castro erguido sobre su propia estatura, guiando, en su imaginario perturbado, a un mundo nuevo, que nacía, según sus palabras, para hacer del socialismo el sistema dominante en el mundo.

Internamente, Cuba era un hervidero de compromisos populares. Sería la isla una nación desarrollada en plazos breves. Producirían más azúcar por central como nunca antes. Más leche por vaca como pocos lo había alcanzado en otros países. Se construirían carretera, sistemas ferroviarios y vías de comunicaciones mejores que en Estados Unidos y el hombre nuevo llevaría sobre su espalda el peso del triunfo revolucionario. Ningún pueblo tendría mejor educación que los cubanos y de salud ni hablar. Una vaquita lechera para cada familia garantizaría una alimentación adecuada y hasta uvas, manzana, peras y melocotones producirían en las alturas de Banao. Un paraíso tropical emergía a la vista de una parte del mundo que realmente llegó a creer, tanto como Fidel Castro, que tales utopías eran realizables.

Cuando el socialismo real desaparece en Europa, la revolución cubana, aparentemente intacta, se mueve como una fruta madura, pero no se cae. Nuevamente Castro alardea de sobrevivir el peor momento en la historia de su sistema, hasta que obligado por una enfermedad abandona todos sus cargos para permanecer como el avizor ideológico y moral de aquella criatura que, cuarenta y seis años atrás, había engendrado con la vileza de su mente.    

Cuando Raúl asume el poder en la isla, aquella revolución inicia su segunda parte sin que llegáramos a pensar que podría consolidarse de la manera que lo ha hecho en los últimos siete años. Y el sortilegio del nuevo inquilino del palacio de la revolución es hacer las cosas diferentes a su hermano pero usando su nombre.

Hoy Cuba está de luna de miel con casi todas las naciones del mundo. En América Latina se deleita al ser el centro ideológico y referencial de la izquierda regional.  Europa se contenta con las reformas raulistas y hasta han decidido revisar la posición común. Las relaciones con China y Rusia son mejores que las establecidas por Fidel con ambos países. Raúl Castro sabe que ambas potencia desean tener un satélite cercano a Estados Unidos y la isla tiene la experiencia para interpretar ese papel.

A todo esto se une el hecho de que los oposicionistas internos no encuentran la vía para establecer un consenso político (en ninguna de las dos orillas) y el protagonismo le ha hecho olvidar que el cambio es posible, como decía Osvaldo Paya Sardiñas, por el camino del pueblo, mediante la movilización.
El menor de los Castro, que parecía un improvisado e incapaz general de oficina, se saltaba los guiones revolucionarios eliminando las marchas del pueblo combatiente o las manifestaciones frente a la sección de intereses de Estados Unidos en La Habana. Sus tibias reformas económicas entusiasmaron al cubano de a pie y Cuba se llenaba de timbiriches de la noche a la mañana. Y por fin, destrona a los intocables de la era Fidel para insertar a jóvenes en las altas esfera del poder no para mostrarlos como acompañantes de una generación de ancianos, sino para que ejerciten la continuidad.

Un viajero sueco que visitaba Cuba concluye que todos los cubanos con los que contactó deseaban cambiar sus vidas. Es decir, tener mucho dinero, viajar, enamorarse hasta más no poder, vacilar a lo grande, comer bien y vestir como Dios manda. Cuando le preguntaba sobre la libertad la mayoría expresaba: aquí se puede vivir bien lo que no hay que meterse con esa gente (el gobierno)

¿Tendrá tercera parte este proceso? Nadie lo sabe. Pero mientras el pueblo no haga lo contrario a lo habitual puede que sí.




Monday, July 14, 2014

Putin revive sus añoranzas en La Habana

Pasó Vladimir Putin por La Habana para dejar constancia de su indulgencia con los hermanos Castro. Antes, era recibida la noticia de la condonación del noventa por ciento de la deuda que Cuba debía al país euroasiático, desde la existencia de la URSS. Ningún regalo al régimen cubano, en la larga historia del castrismo, ha sido tan oportuna como el borrón y cuenta nueva de Putin.

El presidente ruso, que bien sabe enroscarse para mantenerse en el poder, es alguien que añora los días gloriosos de la desaparecida Unión Soviética. Y él sabe muy bien que durante los gobiernos de la hoz y el martillo en su país, Cuba, convertida en un satélite de Moscú, era una pieza clave en la política exterior de aquella gran nación y él evoca aquel pasado deseando revivirlo otra  vez.

Su viaje a La Habana tiene un simbolismo de fácil explicación. Rusia necesita insertarse en la onda expansiva que la izquierda latinoamericana arrastra por la región para ganar espacio en los mercados con el interés de desplazar el protagonismo chino ante la apatía de Washington de accionar en la zona con estrategias atractivas e inteligentes.

También porque Rusia necesita mostrar que es una potencia capaz de crear una base de solidaridad cerca de las fronteras de Estados Unidos y porque a Cuba le hace falta un garante de fuerza, cuya solidaridad permite silenciar a los crecientes oposicionistas interno. Oxigenar al castrismo desde Moscú es un emoliente pragmático en términos políticos. 

José Gabriel Ramón Castillo, advertía, en un sabio análisis, que la visita de Putin a Cuba y del presidente chino en los próximos días, deja un mensaje claro para los opositores dentro y fuera de la isla. Según Ramón Castillo, cuando dos gobernantes de tanto peso a nivel mundial legitiman a una dictadura los opositores deben sentarse a definir por donde han andado y hacia donde deben ir. 

Sunday, July 6, 2014

Apuntes sobre el volante

I
Todos sabemos hacia donde nos ha llevado el castrismo. Las pruebas de su desastre son obvias, pero una interrogante a responder será a dónde iremos sin ellos. Seguramente, que otros lo harán mejor aunque se corre el riesgo de inmortalizar la intolerancia en nuestra cultura política.
El problema cubano es más cultural que político. El historiador Moreno Fraginal, aseguraba que Fidel Castro no es un evento de la casualidad. Quiso decir, que el carácter del cubano posee extensiones malignas capaces de procrear, por el extremo de las pasiones, engendro como Castro.
II
Manuel Cuesta Morúa, le dijo a Juan Manuel Cao en un programa de televisión de Miami, que el régimen cubano no tiene la razón para permanecer en el poder, pero si posee razones para ejercerlo. Pocos, hasta donde la realidad indica, han pensado en ese análisis y nadie intenta influir sobre ese argumento para desmantelar la justificación histórica del castrismo quien asegura gobernar por la voluntad soberana del pueblo.
III
Si alguien ha interpretado nuestro carácter ha sido Fidel Castro. Hitler lo hizo en Alemania, Mussolini en Italia y Franco en España. Los germanos, capaces de atravesar el continente europeo para acabar con el Imperio Romano, creyeron el imaginario del fuhrer de constituirse en una potencia hegemónica. Los italianos volvieron a recordar con Mussolini los días gloriosos del Imperio y se volcó a la aventura fascista mirando a su pasado histórico. Franco estaba obsesionado con llevar a los Españoles al escenario de la gloria cuando las grandes conquistas del siglo XV.
Castro, en su ideal mesiánico, intentaba esculpir en el Caribe una nación capaz de poner de rodillas a Estados Unidos. Su intención de pasar a la historia ha sido el mayor sacrificio que pueblo alguno haya sufrido jamás.  
IV
La Copa Mundial de Futbol ha mostrado la fuerza de los equipos débiles y sin historia cuando deciden jugar como un equipo. Estados Unidos llegaba hasta Octavo y pudo pasar a cuarto de finales si n fuera porque la ansiedad por anotar goles no los aturdiera cerca de la portería. Colombia, animada por las magistrales jugadas del delantero James Rodríguez, combinaba fuerza, talento y deseo de ganar, hasta meterse en el bolsillo la simpatía del mundo por su juego organizado y “agresivo”
Ha sido Costa Rica, la revelación del mundial. Los ticos, con su baja estatura, compitieron como solo pueden hacerlo los grandes en la cancha. Sin una estrella ganaron a dos campeones mundiales (Uruguay e Italia) y empataron con otro (Inglaterra). Jugaban como un team y eso es valioso para ganar.
V

Dicen que los cubanos están fascinados con el futbol y no es para menos. Ojala les sirva para entender que en todos los terrenos, donde se juega algo importante, la cohesión hace la diferencia.

Wednesday, April 23, 2014

La sombra de García Márquez


Ha muerto Gabriel García Márquez y desde el olimpo de los grandes escritores de la lengua hispana recibirá los elogios que merece su obra. Pero escribir bien, ganar un Nobel y ser admirado por la imaginación con la que esculpió Cien años de soledad o El amor en los tiempos del cólera, no es suficiente para dejar de tomar en cuenta la sombra que le acompaño en su vida.
 
Resulta que el escritor colombiano, como fiel enamorado de lo fantástico e increíble, descubrió en Fidel Castro a un personaje que, como presentía Carlos Alberto Montaner, podía  ser el protagonista de una novela mágica. Pero, que sepamos hasta hoy, nunca se atrevió, aunque posiblemente le pasara por la mente, irrumpir  en los misterios del comandante y en sus aventuras políticas porque la amistad entre el novelista y el dictador se erigió sobre una base de admiración casi patológica. 


Y es verdad que García Márquez contaba anécdotas de Castro con una candidez morbosa, esculpiendo con ella el mito de la invencibilidad del súper hombre. 

Una vez, ante las cámaras le confesaba a Estela Bravo, una documentalista que siempre ha estado de moda en la isla, que Fidel nunca pierde. Lo afirmaba después de pasar varias horas con él en una pesquería en los cayos del sur de Cuba junto a otros amigos entrañables como el desaparecido pintor ecuatoriano Oswaldo Guayasamín. Según el novelista, todos los participantes en aquella juerga marina tuvieron mayor suerte y los peces del trópico escogieron los anzuelos de los invitados antes que los de Fidel. El comandante estaba irritado pero en silencio.  Entonces, para vencer su mala suerte se dispuso a usar el tiempo, una de sus armas para vencer a sus amigos, convertidos en ese momento en adversarios sobre las aguas del Caribe. Los agotaba ofreciéndoles tragos de Havana Club hasta provocarles vahídos y una ansiedad por regresar a La Habana. Sin embargo, Fidel permanecía llevando en su memoria la cantidad de peces que habían logrado sacar del mar sus gorrones. La noche llegó y los dos intelectuales, observaban el empecinamiento de Castro por capturar algunos pescados que se negaban (a saber porque) a pasar cerca de su carnada.

 
Era bien tarde, cuando algunos peces errabundos mordieron  el ofrecimiento homicida del gobernante. Fue entonces, cuando el pintor y el premio Nobel, le escucharon decir: les gané, ahora podemos regresar. Era el momento de salir del mar porque había atrapado mayor cantidad de aquellos animales marinos que sus dos amigos.


Parece una  simple historieta contada sin mayores pretensiones y sin fisgoneo literario. Sin embargo, García Márquez no tuvo necesidad de escribir una novela sobre Castro porque aquella pesquería exteriorizaba el mundo interior del comandante con su entelequia personal y tanta precisión psicopática es imposible convertirla en un libro. 


Ahora, los que repasan la historia (o la escriben) posiblemente vean solo las luces en el escritor, ignorando que toda fanal tiene, a su vez e inevitablemente, un halo de sombra natural y Fidel Castro fue la del Gabo.    


Sunday, April 13, 2014

La postura del ladrillo


Hubo dialogo en Venezuela, se escucha decir en todas partes. Al menos convergieron bajo el mismo techo los líderes de la oposición y el gobierno, se estrecharon las manos, saborearon los mismos aromas del refrigerio y se expresaron lo que llaman verdades hasta más no poder. Había tensión entre ambas partes y detrás de las posturas intransigentes de los chavistas soplaba una ventisca de miedo y de inseguridad. 

 
Los invitados al palacio de Miraflores, no mostraron un discurso de unidad, sino las ganas de hacer una catarsis personal frente a los herederos de Hugo Chávez y purificar su alma en el altar de los sordos. Así pasaron más de seis horas exponiendo cada cual sus razones y criticándose mutuamente sin ceder un ápice de sus antiguas posiciones. 

Recordaba un guajiro cubano que vio las conversaciones y es adicto a la política, la cual interpreta a su manera, y dijo que todos estaban amarraos, cosíos y claveteaos sobre un ladrillo donde nadie los podía mover. Y es verdad, sobre todo el gobierno que insistía, espetándoles en la cara a sus adversarios, que jamás volverían a gobernar en ese país. Las conclusiones de Nicolás Maduro, dos minutos después de usar el derecho a la palabra, fueron para decir: ustedes jamás volverán a este palacio. 


Lo más lamentable de aquella noche fue la figura del líder opositor Enrique Capriles que perdió una oportunidad histórica y de lujo ante su pueblo y la opinión pública internacional. Su aparición recordaba más a un sindicalista que a un político formado para ejercer el poder. Improvisar no siempre es válido, sobre todo cuando no se tienen las herramientas para articular de manera racional el argumento, y Capriles tomó la avenida equivocada al no poner sobre la mesa algo diferente a lo que antes habían dicho sus colegas. Su voz fue menor que el resto de su bancada opositora. Estaba desafiante, incomodo, molesto por la derrota en las elecciones pasadas, en la cual concentró su intervención, y en unos intercambios personales con Maduro, sobre aquel suceso, que parecían chismes de barrio.


En Venezuela y en el mundo esperaban ver en Capriles a un político capaz de ganar adeptos, construir la alternativa viable para la democracia venezolana e impresionar. Sin embargo, prefirió inventar antes que llevar un manifiesto escrito que, al menos para poder entender hacia dónde desea ir, expusiera los males del chavismo y las herramientas con las que cuenta para acomodar el desarreglo que está dejando en ese país la variante socialista de Hugo Chávez. 


Enrique Capriles fue el único en tutear a Maduro, una forma de ningunear, que lo yuxtaponía al mandatario, si bien en la cultura latinoamericana esas cualidad para expresarse, sobre alguien con autoridad, solo es posible si media una relación de afecto o tal. Las formas importan en política y Capriles la olvidó  por culpa de sus asesores y de quienes en la oposición prefieren visualizarse individualmente antes que formar un consenso.


El rifirrafe, el dime que te diré, las ofensas y el descrédito personal de las partes, muestran el nivel de vulgaridad alcanzado en Venezuela después de quince años de gobierno de izquierda. El lenguaje simplista de los defensores del chavismo, su apego al guion y el vacío intelectual lo cobijan con un discurso bravucón y populista, que se sostiene en los tonos altos más que en el contenido. 


Ese terreno lo dominan bien los socialistas radicales cuando tienen el poder. No solo porque sus ataques pueden ser mortales, sino porque disponen de la estrategia para deshonrar y asesinar políticamente a sus adversarios hasta obligarlo al silencio, ponerlos a residir en el exilo o enviarlo a la cárcel. Hablan con inflexiones agudas y asustan cuando lo hacen porque, su arrogancia desmedida y la perversidad de sus ideas, provocan el miedo (ese mal del siglo XX que según Sartre paraliza a los pueblos) y aquella noche ese sentimiento parecía tener un efecto viral en Venezuela, según algunos dialogantes de la oposición. 


La polarización que se advierte en el país sudamericano puede servirle al oficialismo para radicalizarse más y su ventaja es que juega con el tiempo para desgastar al adversario. Si las próximas conversaciones discurren sobre un escenario similar y el caldeo de las calles desliera entonces habrá chavismo para rato. Vivir para ver.

Monday, March 31, 2014

Los ismos



El siglo XX estableció varios ismos en el mundo, siendo el fascismo y el comunismo los peores de todos. El primero como ideología de clases en Italia y de raza en Alemania, como explica German Díaz, marca la expresión suprema del odio, la locura y la aberración política. El segundo, también es un credo de clases, Paul Johnson lo identifica como un calco del primero cuyas pretensiones son hegemónicas, excluyentes, tabuladoras de la voluntad popular y criminal.

Después aparecen otros ismos fundamentados en los idearios de algunos personajes con cierto papel en la historia. Sus idearios han determinado la aparición de millones de fanáticos e incondicionales. El estalinismo, en la desaparecida Unión Soviética, luego de archivar al leninismo para uso en la práctica académica e ideológica, encumbró la estupidez del poder absoluto, el culto a la personalidad, los gulags y el asesinato de millones de ciudadanos, incluyendo a una parte de la élite comunista y militares revolucionarios.

El franquismo, en España, daba continuidad a esa tendenciosa manera de identificar un proceso político con una persona. Sin embargo, es en América Latina donde los ismos se entronizan en el escenario de cada país con mayor acentuación. Juan Domingo Perón, en Argentina, esculpió un poder basado en el populismo más extravagante hasta crear una ideología que parece no morir nunca en esa nación sudamericana. El peronismo es una fuerza política con variantes oportunas que se mueven de acuerdo a las fuerzas de los vientos polares que llegan al territorio argentino y nada se mueve en el escenario nacional sin la presencia de esos signos ideológicos.

Nicaragua parió al sandinismo y Daniel Ortega lo hereda con la condición de fundar el orteguismo y ganar su espacio en la historia política de ese estado centroamericano. Su intención de perpetuarse en el poder no está muy lejos del sandinismo puro y por ello se dispone a fundar su propio credo para dirigir los destinos de allí.

El chavismo es el más reciente hartazgo de los ismos latinoamericanos. Sus bases populistas se sostienen en una arquitectura intelectual insubstancial, pero con la capacidad de movilizar a los sectores marginales de Venezuela y a una izquierda que despertó de su letargo romántico con la revolución cubana para avivar un socialismo para el presente siglo.

Y es el castrismo el efecto de mayor impacto de todas las corrientes personalistas que han existido desde la segunda mitad del siglo pasado y el inicio del presente. El castrismo es un istmo además (usando la t) porque despliega su poder en el tiempo, fractura las estructuras sociales, despersonaliza al hombre y engendra en la mentalidad un credo gravitante hacia el ideario total de Fidel Castro de forma extensiva y cruel. Es una intromisión condicionada en la vida del ciudadano hasta convertirlo en una parte útil para las pretensiones administrativas del dictador.

La presencia del castrismo tiene un efecto sociológico y de meseta en la persona que persiste más allá del ideario de Castro. Es un efugio, sin poner en duda su dañina influencia, que limita la capacidad del cubano cuando, absorbido por la aureola del poder y los mecanismos de vigilancia, genera un autocontrol involuntario donde las personas dejan de hacer acciones que nadie les ha prohibido.

El atractivo del castrismo, para los incondicionales cubanos y los que desde otras naciones admiran al dictador y a su sistema, está en la consideración de vivir bajo la sombra de un poder protector y humanista. La ignorancia del pueblo acerca del lado oscuro y perverso del dictador permite ocultar la verdad sobre las barbaries de Castro. El castrismo sobrevivió con suerte bajo la confrontación inventada por el comandante contra todos aquellos que le criticaran y el raulismo (otro ismo) hereda el poder con la comodidad de ser legitimado por la complicidad de la comunidad internacional.

En Estados Unidos, desde Bill Clinton hasta Barack Obama, se han intentado acreditar ciertas corrientes personalistas en el ejercicio del poder. Los clintonianos, apologizan los ocho años de Clinton en el poder y los bushistas igual período de Bush en la Casa Blanca. Los obamistas, todavía en el poder, intentan dejar un legado del primer presidente con un cincuenta por ciento de ascendencia africana quien forzara más su agenda para lograrlo en poco menos de dos años de mandato. La suerte de los norteamericanos es que cuando miran al poder lo hacen pensando en períodos de cuatro u ocho años donde los ismos no tienen espacio. La alternancia política es uno de los atractivos que hacen dinámica y creíble a la democracia y evitan personalizar a las sociedades modernas.

Monday, March 24, 2014

La palabra precisa y el insulto perfecto


La crisis en Venezuela vuelve a colocar el lenguaje chapucero de los revolucionarios en el epicentro de una confrontación política. Maduro abarata, por su evidente incultura, la palabra precisa para argumentar sus razones dictatoriales y acude a una frase oportuna, contundente y execrable para designar a los adversarios que han salido a las calles. Fascismo es una palabra cuyo contexto no solo recuerda los orígenes de esa ideología, en Italia primero y en Alemania después, y el estropicio dejado en la sociedad europea con millones de muertos por la locura hegemónica de Hitler y las pretensiones soberana de Benito Mussolini. 

Decir fascismo, es sencillamente, recordar la pesadilla que sacudió a Europa en la primera mitad del siglo veinte.  Maduro lo sabe y por eso pronostica un impacto social a su favor designando a los valerosos estudiantes como radicales conectados con una supuesta extrema derecha cuyos fundamentos ideológicos provienen del fascismo. 
 
Los radicales venezolanos no emplean los omnipresentes epítetos del castrismo (escoria, gusanos o contrarrevolucionarios) porque la puesta en escena de la revolución bolivariana no precisa de esas vocablos. Primero, porque no se ajustan a la realidad del país sudamericano y luego por la necesidad de buscarse una insinuación que incluya un insulto perfecto para desmoralizar al adversario y ganar adeptos en las masas desposeídas de instrucción. 

Es un cálculo hecho a la medida del imaginario castrista donde la palabra siempre ha jugado un papel rector en la supervivencia de la revolución cubana. Fidel Castro armaba sus discursos con ofensas hacia todos sus adversarios y capitalizaba algunas palabras que hasta el día de hoy, el mejor significado para muchos cubanos es el que le otorgó el anciano comandante. Y es verdad, las frases cuentan en el diccionario de las revoluciones marxista porque la diatriba del poder tiende a ser vejatoria, capaz de mutilar el honor y hasta matar.

En Venezuela, los ideólogos del chavismo no son originales porque no articulan sus arengas con precisiones y no impactan a la muchedumbre como lo hacía Fidel Castro. Sin embargo, interpretan bien las enseñanzas del ideario de La Habana y erigen sus alocuciones con vulgaridades y guaperías para animar a los pobres de los cerros y a los enamorados del socialismo del siglo veinte y uno a respaldar su tambaleante poder. El desaparecido Hugo Chávez, acudía al cancionero popular venezolano y los chistes para impresionar y elevar su carisma frente a una multitud que le identificaba como alguien cercano y familiar. Ahí está parte de la trampa de las peroratas revolucionarias porque enamoran e igualan al orador con el oyente hasta arrastrar a este último, como decía Gustav Le Bon, “al influjo de la irracionalidad”.