Sunday, April 13, 2014

La postura del ladrillo


Hubo dialogo en Venezuela, se escucha decir en todas partes. Al menos convergieron bajo el mismo techo los líderes de la oposición y el gobierno, se estrecharon las manos, saborearon los mismos aromas del refrigerio y se expresaron lo que llaman verdades hasta más no poder. Había tensión entre ambas partes y detrás de las posturas intransigentes de los chavistas soplaba una ventisca de miedo y de inseguridad. 

 
Los invitados al palacio de Miraflores, no mostraron un discurso de unidad, sino las ganas de hacer una catarsis personal frente a los herederos de Hugo Chávez y purificar su alma en el altar de los sordos. Así pasaron más de seis horas exponiendo cada cual sus razones y criticándose mutuamente sin ceder un ápice de sus antiguas posiciones. 

Recordaba un guajiro cubano que vio las conversaciones y es adicto a la política, la cual interpreta a su manera, y dijo que todos estaban amarraos, cosíos y claveteaos sobre un ladrillo donde nadie los podía mover. Y es verdad, sobre todo el gobierno que insistía, espetándoles en la cara a sus adversarios, que jamás volverían a gobernar en ese país. Las conclusiones de Nicolás Maduro, dos minutos después de usar el derecho a la palabra, fueron para decir: ustedes jamás volverán a este palacio. 


Lo más lamentable de aquella noche fue la figura del líder opositor Enrique Capriles que perdió una oportunidad histórica y de lujo ante su pueblo y la opinión pública internacional. Su aparición recordaba más a un sindicalista que a un político formado para ejercer el poder. Improvisar no siempre es válido, sobre todo cuando no se tienen las herramientas para articular de manera racional el argumento, y Capriles tomó la avenida equivocada al no poner sobre la mesa algo diferente a lo que antes habían dicho sus colegas. Su voz fue menor que el resto de su bancada opositora. Estaba desafiante, incomodo, molesto por la derrota en las elecciones pasadas, en la cual concentró su intervención, y en unos intercambios personales con Maduro, sobre aquel suceso, que parecían chismes de barrio.


En Venezuela y en el mundo esperaban ver en Capriles a un político capaz de ganar adeptos, construir la alternativa viable para la democracia venezolana e impresionar. Sin embargo, prefirió inventar antes que llevar un manifiesto escrito que, al menos para poder entender hacia dónde desea ir, expusiera los males del chavismo y las herramientas con las que cuenta para acomodar el desarreglo que está dejando en ese país la variante socialista de Hugo Chávez. 


Enrique Capriles fue el único en tutear a Maduro, una forma de ningunear, que lo yuxtaponía al mandatario, si bien en la cultura latinoamericana esas cualidad para expresarse, sobre alguien con autoridad, solo es posible si media una relación de afecto o tal. Las formas importan en política y Capriles la olvidó  por culpa de sus asesores y de quienes en la oposición prefieren visualizarse individualmente antes que formar un consenso.


El rifirrafe, el dime que te diré, las ofensas y el descrédito personal de las partes, muestran el nivel de vulgaridad alcanzado en Venezuela después de quince años de gobierno de izquierda. El lenguaje simplista de los defensores del chavismo, su apego al guion y el vacío intelectual lo cobijan con un discurso bravucón y populista, que se sostiene en los tonos altos más que en el contenido. 


Ese terreno lo dominan bien los socialistas radicales cuando tienen el poder. No solo porque sus ataques pueden ser mortales, sino porque disponen de la estrategia para deshonrar y asesinar políticamente a sus adversarios hasta obligarlo al silencio, ponerlos a residir en el exilo o enviarlo a la cárcel. Hablan con inflexiones agudas y asustan cuando lo hacen porque, su arrogancia desmedida y la perversidad de sus ideas, provocan el miedo (ese mal del siglo XX que según Sartre paraliza a los pueblos) y aquella noche ese sentimiento parecía tener un efecto viral en Venezuela, según algunos dialogantes de la oposición. 


La polarización que se advierte en el país sudamericano puede servirle al oficialismo para radicalizarse más y su ventaja es que juega con el tiempo para desgastar al adversario. Si las próximas conversaciones discurren sobre un escenario similar y el caldeo de las calles desliera entonces habrá chavismo para rato. Vivir para ver.

Monday, March 31, 2014

Los ismos



El siglo XX estableció varios ismos en el mundo, siendo el fascismo y el comunismo los peores de todos. El primero como ideología de clases en Italia y de raza en Alemania, como explica German Díaz, marca la expresión suprema del odio, la locura y la aberración política. El segundo, también es un credo de clases, Paul Johnson lo identifica como un calco del primero cuyas pretensiones son hegemónicas, excluyentes, tabuladoras de la voluntad popular y criminal.

Después aparecen otros ismos fundamentados en los idearios de algunos personajes con cierto papel en la historia. Sus idearios han determinado la aparición de millones de fanáticos e incondicionales. El estalinismo, en la desaparecida Unión Soviética, luego de archivar al leninismo para uso en la práctica académica e ideológica, encumbró la estupidez del poder absoluto, el culto a la personalidad, los gulags y el asesinato de millones de ciudadanos, incluyendo a una parte de la élite comunista y militares revolucionarios.

El franquismo, en España, daba continuidad a esa tendenciosa manera de identificar un proceso político con una persona. Sin embargo, es en América Latina donde los ismos se entronizan en el escenario de cada país con mayor acentuación. Juan Domingo Perón, en Argentina, esculpió un poder basado en el populismo más extravagante hasta crear una ideología que parece no morir nunca en esa nación sudamericana. El peronismo es una fuerza política con variantes oportunas que se mueven de acuerdo a las fuerzas de los vientos polares que llegan al territorio argentino y nada se mueve en el escenario nacional sin la presencia de esos signos ideológicos.

Nicaragua parió al sandinismo y Daniel Ortega lo hereda con la condición de fundar el orteguismo y ganar su espacio en la historia política de ese estado centroamericano. Su intención de perpetuarse en el poder no está muy lejos del sandinismo puro y por ello se dispone a fundar su propio credo para dirigir los destinos de allí.

El chavismo es el más reciente hartazgo de los ismos latinoamericanos. Sus bases populistas se sostienen en una arquitectura intelectual insubstancial, pero con la capacidad de movilizar a los sectores marginales de Venezuela y a una izquierda que despertó de su letargo romántico con la revolución cubana para avivar un socialismo para el presente siglo.

Y es el castrismo el efecto de mayor impacto de todas las corrientes personalistas que han existido desde la segunda mitad del siglo pasado y el inicio del presente. El castrismo es un istmo además (usando la t) porque despliega su poder en el tiempo, fractura las estructuras sociales, despersonaliza al hombre y engendra en la mentalidad un credo gravitante hacia el ideario total de Fidel Castro de forma extensiva y cruel. Es una intromisión condicionada en la vida del ciudadano hasta convertirlo en una parte útil para las pretensiones administrativas del dictador.

La presencia del castrismo tiene un efecto sociológico y de meseta en la persona que persiste más allá del ideario de Castro. Es un efugio, sin poner en duda su dañina influencia, que limita la capacidad del cubano cuando, absorbido por la aureola del poder y los mecanismos de vigilancia, genera un autocontrol involuntario donde las personas dejan de hacer acciones que nadie les ha prohibido.

El atractivo del castrismo, para los incondicionales cubanos y los que desde otras naciones admiran al dictador y a su sistema, está en la consideración de vivir bajo la sombra de un poder protector y humanista. La ignorancia del pueblo acerca del lado oscuro y perverso del dictador permite ocultar la verdad sobre las barbaries de Castro. El castrismo sobrevivió con suerte bajo la confrontación inventada por el comandante contra todos aquellos que le criticaran y el raulismo (otro ismo) hereda el poder con la comodidad de ser legitimado por la complicidad de la comunidad internacional.

En Estados Unidos, desde Bill Clinton hasta Barack Obama, se han intentado acreditar ciertas corrientes personalistas en el ejercicio del poder. Los clintonianos, apologizan los ocho años de Clinton en el poder y los bushistas igual período de Bush en la Casa Blanca. Los obamistas, todavía en el poder, intentan dejar un legado del primer presidente con un cincuenta por ciento de ascendencia africana quien forzara más su agenda para lograrlo en poco menos de dos años de mandato. La suerte de los norteamericanos es que cuando miran al poder lo hacen pensando en períodos de cuatro u ocho años donde los ismos no tienen espacio. La alternancia política es uno de los atractivos que hacen dinámica y creíble a la democracia y evitan personalizar a las sociedades modernas.

Monday, March 24, 2014

La palabra precisa y el insulto perfecto


La crisis en Venezuela vuelve a colocar el lenguaje chapucero de los revolucionarios en el epicentro de una confrontación política. Maduro abarata, por su evidente incultura, la palabra precisa para argumentar sus razones dictatoriales y acude a una frase oportuna, contundente y execrable para designar a los adversarios que han salido a las calles. Fascismo es una palabra cuyo contexto no solo recuerda los orígenes de esa ideología, en Italia primero y en Alemania después, y el estropicio dejado en la sociedad europea con millones de muertos por la locura hegemónica de Hitler y las pretensiones soberana de Benito Mussolini. 

Decir fascismo, es sencillamente, recordar la pesadilla que sacudió a Europa en la primera mitad del siglo veinte.  Maduro lo sabe y por eso pronostica un impacto social a su favor designando a los valerosos estudiantes como radicales conectados con una supuesta extrema derecha cuyos fundamentos ideológicos provienen del fascismo. 
 
Los radicales venezolanos no emplean los omnipresentes epítetos del castrismo (escoria, gusanos o contrarrevolucionarios) porque la puesta en escena de la revolución bolivariana no precisa de esas vocablos. Primero, porque no se ajustan a la realidad del país sudamericano y luego por la necesidad de buscarse una insinuación que incluya un insulto perfecto para desmoralizar al adversario y ganar adeptos en las masas desposeídas de instrucción. 

Es un cálculo hecho a la medida del imaginario castrista donde la palabra siempre ha jugado un papel rector en la supervivencia de la revolución cubana. Fidel Castro armaba sus discursos con ofensas hacia todos sus adversarios y capitalizaba algunas palabras que hasta el día de hoy, el mejor significado para muchos cubanos es el que le otorgó el anciano comandante. Y es verdad, las frases cuentan en el diccionario de las revoluciones marxista porque la diatriba del poder tiende a ser vejatoria, capaz de mutilar el honor y hasta matar.

En Venezuela, los ideólogos del chavismo no son originales porque no articulan sus arengas con precisiones y no impactan a la muchedumbre como lo hacía Fidel Castro. Sin embargo, interpretan bien las enseñanzas del ideario de La Habana y erigen sus alocuciones con vulgaridades y guaperías para animar a los pobres de los cerros y a los enamorados del socialismo del siglo veinte y uno a respaldar su tambaleante poder. El desaparecido Hugo Chávez, acudía al cancionero popular venezolano y los chistes para impresionar y elevar su carisma frente a una multitud que le identificaba como alguien cercano y familiar. Ahí está parte de la trampa de las peroratas revolucionarias porque enamoran e igualan al orador con el oyente hasta arrastrar a este último, como decía Gustav Le Bon, “al influjo de la irracionalidad”.

   

Sunday, March 2, 2014

Retorcida solidaridad


La izquierda irracional no es solo militante. También es fanática, pero tiene un mérito, es solidaria. La prueba está en Latinoamérica donde el avance, al parecer, “imparable” de las ideas de Antonio Gramsci, esculpidas en el Foro de Sao Paulo, ha creado un parapeto de solidaridad con el autoritarismo venezolano durante la jornada de protestas populares en esa nación sudamericana. El silencio cómplice es la respuesta común de esas naciones con el presidente Nicolás Maduro.

Este factor, olvidado a veces por los actores políticos cuando gravitan en las orbitas de la pasión y en los excesos de protagonismos, es esencial para entender el presente y el futuro de un eje estratégico que tiene su fundamento político e ideológico en La Habana y el bastión económico en Venezuela. Se enlazan, a su vez, como una suerte de bufones gubernativos una estela de satélites cuyas bases van desde Managua hasta Buenos Aires, sube al altiplano de Bolivia, accede al territorio de Brasil, cruza al pequeño Uruguay y baña con las aguas del pacifico a Ecuador, Chile y Perú. 

La suerte de Maduro y la revolución bolivariana no es solo suya, sino de ese eje izquierdista que apuesta por extender el dominio de gobiernos similares en los pocos estados (Paraguay, Guatemala, Honduras y Panamá) donde el socialismo del siglo veinte y uno parece remota.

Lo trágico es que a la sombra de ese árbol se arriman varios gobiernos del mundo. Algunos de ellos con mucho poder como Rusia, China e Irán, sin olvidar a varias naciones europeas, que por su odio visceral hacia Estados Unidos, vuelven la vista al otro lado mientras en las calles de Venezuela se tiñen de sangre cuando mueren estudiantes.

En Washington, la reacción tardía de la Casa Blanca a los sucesos puso al presidente del país en el centro de críticas justificadas por los republicanos. Para entender esta postura hay que recordar aquella expresión de Obama cuando, en la toma de posesión de su primer mandato, prometía tender su mano en dos actitudes. Una, sería un puño enérgico y cerrado contra las arbitrariedades e injusticias en el mundo y la otra, abierta para buscar soluciones a los problemas globales. Tal parece que el presidente americano cree que los dictadores entienden las reglas de la democracia y extiende su mano abierta con una ambigua debilidad para encontrar como respuestas evasivas y justificaciones.

Este escenario también favorece a la izquierda irracional (definición empleada por el catedrático español Antonio Elorza) que ve al gobierno de Estados Unidos con cierta simpatía porque el presidente, por sus orígenes y el papel jugado durante su corta carrera política, no forma parte del establishment tradicionalista de su propio partido. En otras palabras, la izquierda en América Latina saca ventaja de las inercias en Washington.

Todo esto lo pudo comprender, sin muchos esfuerzos y sin proponérselo, un médico cubano radicado en Europa que visitó la capital norteamericana hace dos años y terminó bebiendo Havana Club en la mismísima oficina de intereses de Cuba en Washington. Estaba sorprendido que le permitieran acceder al lugar por su reconocida disidencia. Sin embargo, al llegar a la sede diplomática tomado de la mano de un activista colombiano, que afirma que en USA se viven los mejores momentos para impulsar las ideas liberales (entiéndase de izquierda) y por unas recomendaciones puntuales, se pudo mezclar con los agoreros del Foro de Sao Paulo y los miembros de las delegaciones oficiales de todos los países con gobiernos de izquierda en Latinoamérica. “Era un ambiente de amigos, de gente que está segura de lo que hace, como y porque lo hace”, se refería y además citaba: “el entusiasmo era el de una militancia unida”. Y esa unidad la acentuaba un diplomático de Brasil en una conversación de pasillo durante un evento de Brookings Institute cuando comentaba el cambio irreversible en la región sin la presencia de Estados Unidos.  

Aunque para Cuba ya está siendo la hora de su liberación, no hay dudas que un escenario adverso en la región atentan contra esos propósitos a corto plazo y es bueno saberlo. Las fichas a jugar en el dominó político por los oposicionistas cubanos tendrán que moverse contando también al doble nueve y si algo necesita es solidaridad entre sus miembros.

Thursday, February 27, 2014

La mala suerte de Hubert Matos


Ha fallecido en Miami, a la edad de noventa y cinco años, Hubert Matos. Con su muerte, la revolución de 1959 concebida por Fidel Castro, pierde a uno de sus más singulares protagonistas y la oposición, a esa propia asonada rebelde, al incansable luchador por verdaderos cambios en el país. 

Hubert Matos era maestro. Sin embargo, se hizo comandante, dirigía un ejército y jamás volvió a presentarse frente a sus alumnos porque de nada serviría ser educador en un país que comenzaba a forjar el infortunio. En ese momento, cuando los cubanos se embriagaron de esperanza con la llegada de Castro al poder, los que enseñaban eran combatientes y los estudiantes debían ser revolucionarios. Nada era más importante que aprender a luchar dentro de la revolución o a morir por ella. Hubert, dejaba de ser educador, rebelde y hombre con moral para ser tildado por su jefe de traidor. 

 
Su suerte estuvo echada en las montañas de Oriente y en las llanuras extensas de Camagüey. En la primera, se conducía como un persona instruida, de carácter fuerte, compasivo y valiente. Su gran hazaña fue volar desde Costa Rica a las zonas rebeldes con armas y municiones para acelerar la caída de Batista y restaurar la democracia en el país. En la tierra agramontina fue nombrado jefe militar con poderes absolutos y desde allí urgió la primera disidencia contra la prematura revolución antes la expansiva intolerancia de Fidel Castro. Fue casi un suicidio pero lo sobrevivió. 

Lo demás es historia conocida. Fue apresado por Camilo Cienfuegos y ese mismo día, ese otro comandante, moría en misteriosas circunstancias, mientras Hubert era enviado a prisión para cumplir una sanción de veinte años. Fueron las quimeras de maestros, dijo en Budapest, las motivaciones para insubordinarme a Castro. A propósito, en la Universidad de Pittsburgh, una estudiante de padres cubanos le preguntaba en una sobremesa: ¿cómo se puede ser maestro e ir a la guerra? Hubert parecía estar ante la pregunta más difícil que le habían hecho en su vida y en el esfuerzo por responder admitió haberse enamorado de la ilusión que había detrás de aquella revolución. -La mala suerte y la traición lo entorpecieron todo- dijo sin ocultar su vergüenza. Después, justificando su participación en aquella aventura, se arrepentía de no haber ido más lejos contra Fidel Castro.

Las mejores descripciones sobre el comandante salían de boca de Matos cuando acomodaba en un mismo punto a la traición y la perversidad, del siniestro personaje, con la dimensión de sus ficciones. Entonces, era fácil advertir los trastornos evidentes en la personalidad del hombre que ha marcado más de medio siglo en la historia nacional. Según contaba Hubert, el líder cubano, en su habilidad para engañar, no esconde su traza delincuencial para conseguir a cualquier precio lo que se proponga y definía a su viejo compañero de arma como un hombre cobarde y oportunista.

Ahora que ha muerto, no es el período para el recuento de sus pasos por la revolución que ayudó a construir. Aquel proceso político nació arqueado por la ambición y el crimen, a pesar de esgrimir las mejores virtudes de millones cubanos que quisieron ser libre de una vez y Hubert era uno de aquellos que no lo consiguieron.