Monday, January 27, 2014

La transición de Raúl


Hace pocos años, tal vez tres o cuatro, que el régimen cubano, bajo la fusta de Raúl, dio el primer paso en la transición. Puede resultar asombroso y no es para menos. Habrá quien considere estas opiniones una locura y encuentre en estas líneas algún estigma de confusión por quien la escribe. Ni una cosa, ni la otra. La realidad es que en Cuba, el hermano menor del comandante, se ha salido del guion dogmático de la revolución y ha comenzado a navegar por las avenidas de la practicidad más evidente. 

Primero, se ha negado a seguir manchándose sus manos de sangre con la moratoria a la pena de muerte. Esa suerte trágica de todas las revoluciones de ser implacable con el adversario, llevándolo al más cruel de los castigos, Raúl no lo ha tomado en cuenta. Su linaje de asiático con rostro criminal se distancia del hermano, de apariencia gallega y cara de infeliz, capaz de amordazar hasta la muerte a cualquiera que ponga en riesgo su potestad. Es interesante este capítulo del culebrón castrista porque Fidel mostraba al chino como el verdugo de la película, al que había que aguantarles las manos para no convertir el Almendares en un rio de sangre. Sin embargo, el nuevo regente de la finca, da latigazos selectivos, lanza a las turbas a ladrar y golpea, pero no mata. 

Segundo, se ha distanciado de las marchas del pueblo combatiente, esa especie de espectáculo circense donde las más bajas expresiones del poder revolucionario afloraban sobre las calles del país cargando odio hacia los americanos. Después, jugando una partida pragmática en el ajedrez político antillano, liberaba parte del mercado. Medida insuficiente, pero al fin de cuenta una medida que jamás su hermano hubiera tomado con esa extensión. Y con ello sembraba esperanza entre la gente en Cuba que sabe mucho más como vender dulce de coco y durofrío, en sus timbiriches de cuentapropistas, que el precio de la libertad. 

Luego, saltándose de nuevo el guion absolutista del hermano, Raúl redacta una nueva ley migratoria. Con ella, los disidentes comienzan a volar por el mundo y a decir en Madrid lo mismo que en La Habana, Washington y Seúl. No hay prensa libre en Cuba, es verdad, pero los opositores hablan lo que les dé la gana, dicen los cubanólogos de todas partes. De derechos humanos se dice menos ahora en la isla, de viaje se habla más, asegura un experto en asuntos cubanos que pide  mantenerse en el anonimato. 

De una dictadura totalitaria a una autoritaria-constitucional, Raúl Castro ha llevado el sistema político cubano. El totalitarismo hoy día, tal como lo reconoce la filosofía política, existe solo en Corea del Norte. Aquel sistema en nada se parece al modelo cubano, tampoco al chino, ni al vietnamita. El gobernante cubano gobierna con gran comodidad porque las pinceladas de reformas contentan a occidente. También le sirve a Obama, desde la Casa Blanca, a no tomar acciones políticas más allá de la relajada flexibilidad al embargo y los intercambios culturales. Las acciones cívicas en Cuba no son masivas y la represión no alcanza los niveles de otros gobiernos para que obligue a la administración actuar militarmente o de la misma manera que hacen en otras partes. Los cubanos en el poder tienen bien claro dónde está la línea roja. Castigan, sin llegar a la barbarie de Kim Jong-un de matar a un tío junto a su familia. 

En Cuba hay cambio, dicen a grito en la Unión Europea y (allá va eso) revisan la política hacia la isla esperanzados con que hayan más movidas. Lo mismo se escucha decir en Washington de boca del propio presidente y suaviza su política con el acercamiento. ¿Este escenario lo han tomado en cuenta los opositores dentro y fuera de Cuba? Parece que no porque el método de lucha sigue siendo el mismo.

Wednesday, January 1, 2014

Los niños y el tigre (Con permiso de Roberto Luque Escalona)


¿De dónde carajo salió Fidel? se preguntaba Roberto Luque Escalona en su libro Los niños y el tigre que leí a escondida en Cuba. A reglón seguido, este autor radicado en Miami, crítico del totalitarismo criollo y capaz de ironizar con punzante hidalguía, responde que Castro llegó a Cuba como un tigre a un jardín de infantes. Parece una sencilla metáfora de un prosista sorprendido por la embriaguez del pueblo cubano con su líder y del líder por la desbordante adulación de un pueblo que, sin meditar un segundo sobre su actuación por falta de racionalidad, aceptaba (y hasta hoy admite) cualquier aberración con la seguridad de estar haciendo lo correcto. 

La ingenuidad de unos chiquillos no les permite ver el peligro que se asecha sobre ellos cuando un tigre, con los colores llamativos de su pelambre, se les acerca. Seguramente, en su inocencia, lo pueden tomar como un juguete inocuo, mientras los adultos deciden resguardarse en las cavernas, trepar a un árbol inalcanzable o enfrentarse (en grupo) al felino. Luque Escalona, supo ubicar muy bien el lugar de la fiera, los críos y sus padres, conjeturando un escenario singular donde el comandante moldeaba, con el embrujo de su poder, a quienes quedaban cerca de su iniquidad.
   
Castro concibió eso  y mucho más. Primero adormeció con sus promesas a los incautos (él les llamó desposeídos) y pudo catalizar las pasiones torcidas de los intelectuales, artistas, hombres de letras, pintores, políticos y a saber a quién más. Para llevarlos, como pasajeros sin regreso en el viaje revolucionario, les dio de beber el compromiso de morir por él (primero) y por la revolución (después).  Luego, los envió a otros bosques lejanos hacer cacerías, sembrar esperanza para otros infantes y encumbrarse como el rey de la tierra. 

En Cuba los mayores, con los niños tomados de la mano, le inculcaban a éstos seguir aquel juego sagrado hasta el final. Era un pueblo infantil actuando en el escenario más anchuroso que recuerda la historia nacional. El juguete, era un discurso estructurado para adormecer y la gente disfrutaba de aquel artefacto verbal con tantas ganas que, para seguir teniéndolo, aplaudía y aplaudía para hacerse merecedor de más palabras.

Lo segundo, es parte de la historia terrible de los adultos.  Conociendo al tigre se lanzaron al mar, cruzaron todos los océanos conocidos e inventaron otros y llegaron a las alturas de las nubes hasta arribar a un sitio seguro. En el se establecieron a esperar el rescate de un país expertos en cazadores de maldad. Pasaron dos años y tres más. Una década y cuatro consecutivamente hasta llegar a más de medio siglo y todavía el tigre mantiene a sus infantes en el ruedo y a los adultos por ahí.

Desde entonces, miles de niños abandonaron su juguete sin dañar al tigre y fueron al otro lado donde el garfio mortal no le alcanzaba. La fiera se hizo vieja, cambio de color, les dio poderes a otros animales adiestrados, de vez en cuando se le ve merodeando la jaula para decirle a los críos: hay juguetes para todos y mañana serán mejores.

Ha cambiado la fiera y la hace acompañar de otras tan mayores como el primero. Ruge menos, se viste de la prenda nacional, usa espejuelos caros, alguna vez muestra los grados de su jerarquía y está obsesionado en tender un puente por donde se fueron los adultos para que no le falte el juego a los niños de ahora y los que están por venir.
Yo jugué con el tigre. Después, le lancé piedras envueltas con papeles escritos y el respondió con el mordisco de  siempre, hiriéndome a mí y a los míos. Pero ya era un adulto y me vine al refugio desde donde ahora escribo.