Wednesday, January 1, 2014

Los niños y el tigre (Con permiso de Roberto Luque Escalona)


¿De dónde carajo salió Fidel? se preguntaba Roberto Luque Escalona en su libro Los niños y el tigre que leí a escondida en Cuba. A reglón seguido, este autor radicado en Miami, crítico del totalitarismo criollo y capaz de ironizar con punzante hidalguía, responde que Castro llegó a Cuba como un tigre a un jardín de infantes. Parece una sencilla metáfora de un prosista sorprendido por la embriaguez del pueblo cubano con su líder y del líder por la desbordante adulación de un pueblo que, sin meditar un segundo sobre su actuación por falta de racionalidad, aceptaba (y hasta hoy admite) cualquier aberración con la seguridad de estar haciendo lo correcto. La ingenuidad de unos chiquillos no les permite ver el peligro que se asecha sobre ellos cuando un tigre, con los colores llamativos de su pelambre, se le acerca. Seguramente, en su inocencia lo pueden tomar como un juguete inocuo, mientras los adultos deciden resguardarse en las cavernas, trepar a un árbol inalcanzable o enfrentarse (en grupo) al felino. Luque Escalona supo ubicar muy bien el lugar de la fiera, los críos y sus padres, conjeturando un escenario singular donde el comandante moldeaba, con el embrujo de su poder, a quienes quedaban cerca de su iniquidad.    
Castro concibió eso  y mucho más. Primero adormeció con sus promesas a los incautos (él les llamó desposeídos) y pudo catalizar las pasiones torcidas de los intelectuales, artistas, hombres de letras, pintores, políticos y a saber a quién más. Para llevarlos, como pasajeros sin regreso en el viaje revolucionario, les dio de beber el compromiso de morir por él (primero) y por la revolución (después).  Luego, los envió a otros bosques lejanos hacer cacerías, sembrar esperanza para otros infantes y encumbrarse como el rey de la tierra. En Cuba los mayores, con los niños tomados de la mano, le inculcaban a éstos seguir aquel juego sagrado hasta el final. Era un pueblo infantil actuando en el escenario más anchuroso que recuerda la historia nacional. El juguete, era un discurso estructurado para adormecer y la gente disfrutaba de aquel artefacto verbal con tantas ganas que, para seguir teniéndolo, aplaudía y aplaudía para hacerse merecedor de más palabras.  
Lo segundo, es parte de la historia terrible de los adultos.  Conociendo al tigre se lanzaron al mar, cruzaron todos los océanos conocidos e inventaron otros y llegaron a las alturas de las nubes hasta arribar a un sitio seguro. En el se establecieron a esperar el rescate de un país expertos en cazadores de maldad. Pasaron dos años y tres más. Una década y cuatro consecutivamente hasta llegar a más de medio siglo y todavía el tigre mantiene a sus infantes en el ruedo y a los adultos por ahí.
Desde entonces, miles de niños abandonaron su juguete sin dañar al tigre y fueron al otro lado donde el garfio mortal no le alcanzaba. La fiera se hizo vieja, cambio de color, les dio poderes a otros animales adiestrados, de vez en cuando se le ve merodeando la jaula para decirle a los críos: hay juguetes para todos y mañana serán mejores.
Ha cambiado la fiera y la hace acompañar de otras tan mayores como el primero. Ruge menos, se viste de la prenda nacional, usa espejuelos caros, alguna vez muestra los grados de su jerarquía y está obsesionado en tender un puente por donde se fueron los adultos para que no le falte el juego a los niños de ahora y los que están por venir.  
Yo jugué con el tigre. Después, le lancé piedras envueltas con papeles escritos y el respondió con el mordisco de  siempre, hiriéndome a mí y a los míos. Pero ya era un adulto y me vine al refugio desde donde ahora escribo.

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