Thursday, August 13, 2015

Apuntes sobre el camino

Morir de viejo

I

Fidel Castro cumple ochenta y nueve años y reaparece acompañado de Evo Morales y Nicolás Maduro, presidentes de Bolivia y Venezuela, respectivamente. Estos mandatarios son sus mejores discípulos en la región e interpretan la balada revolucionaria como dos trúhanes adoctrinados por el hechizo del comandante. Comparecer al lado de alguien con cierta importancia son regalos preferidos del exgobernante que se jacta de llegar a viejo y mandar como mandan los que pueden.

Castro es y ha sido un calco de sí mismo. No se parece a nadie y nadie, se presume, quisiera parecerse a él. Tiene el atributo de la perversidad y el dogma de quienes siempre están arriba para mirar, desde la divina providencia, la obediencia párvula de la muchedumbre. De ahí su innegable psicopatía, su magia para estigmatizar la locura que padece, la obsesión por estar en la historia después de su muerte, el miedo a morir y quedar sin historia.

Fidel Castro sufre y siempre ha sufrido. Y ahora más. Ya no alcanza a ver su rostro cansado en el espejo ni tiene tiempo para escuchar las versiones de su deliro. Las multitudes han desaparecido y los aplausos necesarios para su existencia son resúmenes en periódicos y anécdotas en el olvido.

II

A La Habana voy

John Kerry, secretario de estado de América, acompañado de una extensa delegación toman a La Habana sin sorpresa. Era de esperar. Obama, quien con su política de la zanahoria (pero sin el palo) alberga la esperanza de un cambio en Cuba dando este salto sorprendente y a gran velocidad.

El régimen cubano, dueño de la suerte en las mutaciones, respira tranquilo en estas horas de pachanga porque están seguros que la fiesta es larga. Cuba, nación preferida por los demonios, no se muestra inquieta ante la contra luz de sus gobernantes. Y el pueblo, que estará en el lugar de siempre y haciendo lo mismo, bebe vino del circo y el pan del carnaval revolucionario donde los yanquis tienen su espacio. (Por cierto, ¿cómo definir yanquis en estos días cuando la bandera del imperio se impone en el malecón?)

Cuba siempre da razones para morirse. Como esta vez quisieran morir de penas los frustrados. Los mismos que idealizaron un país para todos y detrás de las rejas de las cárceles de Castro se veían en el festín del triunfo.

Frustrados están algunos por perderse el segundo acto de la puesta en escena. Incluso, muestran su remordimiento con rencor. No es para menos. Eso sucede cuando se les otorgas a otros el derecho de hacer lo que es un deber propio.

Dinastía

Fidel Castro, aprensivo y astutos, jamás mostró a sus hijos biológicos en público. Y es compresible. Cuando alguien cree ser el padre de todo un pueblo no hace preferencias. Sin embargo, Raúl alardea de su prole. Le muestra al Papa Francisco a un nieto que cuida su espalda y a un hijo coronel. Con Obama se reúne arropado por este último mientras su hija Mariela pone a bailar a los homosexuales por las calles de la isla.

Los Castros, y eso es verdad, han definido el destino de Cuba a su modo. De esa manera, no es extraño que muestren su linaje si de continuar gobernando se trata.

Alejandro Castro Espín, y su hermana Mariela, suenan en las quinielas de los estudiosos del tema cubano como posibles continuadores del poder familiar. El muchacho es atinado en las interpretaciones de papá (a veces se parece al tío) y ella no tiene comparación porque sus palabras discurren entre la turbulencia del tabú y la algazara de la chusmería.

En el Caribe todo es posible y en Cuba más.


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