Era sábado, acababa
de amanecer, cuando me enteré de la muerte de Luis Hernández. No tuve consuelo
ese día (los hombres también lloran) y desde entonces, repaso mi amistad con una de las personas más
excepcionales que he tenido la suerte de conocer.
Era tan sencillo
que sobre su estatura de gigante pasaba cualquiera sin sentirse lastimado. Esa virtud,
convertida en un don, le acompañaría siempre. Además, poseía la inteligencia
del genio porque sabía todo cuando pasaba a su alrededor y nadie como él era
capaz de hacer un análisis preciso de las personas y las cosas.
Amaba al béisbol tanto
como a su familia y a sus amigos los trataba de hermanos. Un tipo como Luisito quisiera
tenerlo a mi lado porque siempre acompaña y ahora que no está, en esta orilla
de la vida, padezco de su ausencia con dolor.
Trabajamos juntos
en VOCES, un boletín de noticias que enviamos a Cuba, y era
tan exigente que rebosaba el extremo de la perfección. Además, le ponía el corazón
a todo y esa pasión le servía en la construcción de la amistad.
Hablar con Luis
era un nunca acabar. Al final, de cada conversación, enviaba saludos a mis
seres queridos que los hizo suyos y prometía encontrarnos en la brevedad. Ojalá sea en una Cuba libre, nos decíamos.
Después, cuando
ya sufría una grave enfermedad, sentía que su voz se apagaba, pero nunca su ánimo.
Ahí estaba diciéndome como saltar los muros de lo imposible para llegar al
camino del triunfo. Con ese entusiasmo, creo yo, aliviaba su pena y el dolor
que jamás debió padecer.
Hoy, es domingo y
no deja de llover, pero pienso en Luis, en mi hermano Luisito. Ha sido un día largo,
con llovizna y sin luz porque cuando un hombre bueno muere hasta del cielo caen
lágrimas.
¡Descansa en paz
hermano!
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